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Los cuentos de velorio de mi pueblo

Fuente: http://revistas.elheraldo.co/latitud/los-cuentos-de-velorio-de-mi-pueblo-134938

En 1982, cuando le fue concedido el Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez, días después del anuncio, a mediados del mes de octubre, organizaciones sindicales, cooperativas y colegios de Bogotá contrataron a varios profesores de origen caribe, costeños, para que hablaran de la obra del Nobel y la realidad sociocultural de esta región.

Estuve en ese grupo de profesionales y docentes que recorrimos varios planteles y organizaciones sociales conversando sobre la obra de García Márquez; recuerdo la pregunta que me hizo un estudiante de octavo año del colegio Colombo Hebreo: «¿Qué es para usted Cien años de soledad?» Entonces, me pasó lo mismo que a Ángela Vicario cuando le preguntaron quién era el autor de su «desvirgada»; busqué la respuesta en las tinieblas y no contesté: «Santiago Nasar…», sino: «Para mí Cien años de soledad son veinte mil cuentos de velorio de mi pueblo».

El siguiente paso fue explicar qué eran esos cuentos y empecé a narrarles a los jóvenes judíos los relatos de tío conejo, tío tigre y tantos otros que de niño escuché a adultos que, con naturalidad, contaban durante las nueve noches de velorio en mi pueblo, y que yo aprendí, dándole algunos toques garciamarquianos. Los jóvenes no quedaron convencidos del todo, pero para mí fue una forma singular y propia de definir la obra máxima del hijo de Aracataca.

Las noches de velorio en cualquier pueblo del Caribe tienen ese ingrediente que permite recrearse en medio del dolor de los deudos. El último día, o mejor la última noche, antes de levantar el altar, el repertorio de cuentos era tal que amanecíamos escuchando a los cuenteros que se turnaban, mientras las mujeres repartían tinto, tabaco y cigarrillo Pielroja, algunos alimentos y para los adultos un poco de ‘chirrinche’, que en mi pueblo llamamos ‘ñeque’. Eso alargaba las fuerzas para esperar el alba.

La primera vez que me acerqué a oír cuentos en esos velorios, los narradores me deslumbraron. Fue tanta la fuerza de su oralidad y la atracción al escucharlos que, noche a noche, desde mi niñez y luego siendo adolescente, asistía a los velorios, no faltaba. La última noche se constituía en un verdadero encuentro de la palabra. Desde entonces entendí que la narración oral era la más importante expresión de la cultura popular del Caribe ribereño. Narración que se nutría, según contaban los narradores, de escuchar de boca en boca a las personas mayores, los adultos, los ancianos lúcidos que en cada pueblo encontramos, aún hoy, a pesar de la existencia de la luz eléctrica.


Al recibir el Nobel, el 21 de octubre de 1982, Gabriel García Márquez saluda al rey Carlos Gustavo, de Suecia. 

Además de los narradores de cuentos en los velorios, en mi pueblo (Pinto, Magdalena), como en otras poblaciones grandes o pequeñas de la región, existen personajes adultos con una capacidad extraordinaria para contar acerca de la presencia de visitantes sobrenaturales. Ancianos lúcidos que narraban las travesuras de los ‘aparatos’, apariciones, brujas, mitos, leyendas, y concentraban a la chiquillada a su alrededor, sobre todo en las horas de la noche. Esas narraciones ‘con pelos y señales’ producían asombro, pero también nerviosismo e intranquilidad en los infantes y preadolescentes que se extasiaban con los relatos acerca de la presencia de seres sobrenaturales y las precauciones que había que tomar al pasar por algún camino a los pueblos vecinos, porque, según contaban los narradores, a una hora en la tarde salía La Patasola o La Madre Monte. Interesante era escuchar la leyenda del Mohán o la del Hombre Caimán, comprender del peligro que corrían nuestras madres, hermanas y parientes mujeres que al bañarse en las aguas del río Magdalena podían ser capturadas, enamoradas por estos seres que recorrían el río de norte a sur.

Pero así como oía esas narraciones fantasiosas, en las noches uno se resistía a ir a dormir por seguir escuchando a esos hombres capaces de concentrar la atención, por horas, en medio de la claridad de la luna, de las linternas y de los mechones, y que trataban sobre diversos temas. En esas narraciones me informaron, desde niño, acerca de la importancia del río Magdalena; supe de los caprichos del río cuando abandonó el canal original, hoy conocido como ‘Brazo de Mompox’, para diferenciarlo del ‘Brazo de Loba’, que lleva las aguas del Magdalena para encontrarse con el río Cauca en las bocas de Guamal, cerca a Pinillos. Entendí que ya el Cauca no se encontraba con el Magdalena en las Bocas de Tacaloa, como lo decían los libros de geografía. En fin, de esas narraciones conservo imágenes y datos que nunca he olvidado.

Adicionalmente, se aprendía historia política y social del pueblo. Develar por qué unos eran conservadores y los otros liberales. Por qué los conservadores se dividieron entre Campistas (Ospinistas) y Huguistas (Laureanistas) y los liberales entre Vives y Pérez Dávila. Enterarse de las repercusiones de la guerra de los Mil Días, o qué pasó en el pueblo luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y temas que no aparecían en la historia que nos enseñaban en la escuela rural de varones. Bien interesante resultaba descubrir quiénes eran hijos de zutanos con mengana; así se reconstruía el tejido social y familiar del pueblo, y al final uno concluía que casi todos en el pueblos éramos parientes cercanos o lejanos, pero lo éramos.

De todas esas historias y narraciones oídas desde niño recuerdo muchas, pero lo más valioso de todas esas horas dedicadas a escuchar fue el aprendizaje que obtuve. Sin duda, no pensaba a esas alturas que estudiaría sociología, pero si me sirvió como técnica de investigación cuando emprendí el viaje para realizar el trabajo de grado como sociólogo. Lo reforcé cuando conocí al sociólogo barranquillero/momposino Orlando Fals Borda, sobre todo cuando leí el primer tomo de su Historia doble de la Costa. Mompox y Loba. Ahí encontré parte de las narraciones que hacía de sus antepasados momposinos mi abuela materna, Guillermina Turizo (debía ser Castañeda, pues era hija ‘natural’); ella nos hablaba de su parentesco con la Marquesa de Torre Hoyos, con otros personajes de abolengos de la ‘Ciudad Valerosa’, pero mi hermano y mis primas nos reíamos porque considerábamos a la abuela como ‘loca’. ¡Qué equivocados estábamos!

Pero sentí la necesidad de apropiarme mejor de la oralidad de los caribeños/ribereños/mojaneros/lobanos cuando, de la mano de Fals Borda, emprendimos un trabajo desde la Universidad de Cartagena sobre los orígenes del conflicto en cuatro zonas PNR del Caribe colombiano. Asumí la responsabilidad, con otros investigadores, de trabajar los pueblos de Loba (San Martín, Barranco, Atillo y Pinillos) y los pueblos de La Mojana (Achí, Guaranda, Majagual y Sucre). Solo escuchando a los ancianos lúcidos en estas comunidades pudimos reconstruir la historia social, política, cultural, del poblamiento y de los conflictos por la tierra.

En ese proceso conversé largamente con algunos sacerdotes de la Misión de Burgos, entre ellos Monseñor José Lecuona Lavandívar, de quien escuché historias llenas de detalles sobre la cotidianidad mojanera. Su narración sobre el viaje entre Magangué y Majagual, o cualquiera de los pueblos de La Mojana, se constituía en una aventura a bordo de un ‘chivo’, medio de transporte que no es ni jhonson/canoa, ni lancha; es un vehículo intermedio que aún hoy circula por las aguas de los ríos Chicagua, Magdalena, Cauca y San Jorge, y las ciénagas de toda esa hoya hidrográfica y cultural que es La Mojana, y en general, la Depresión Momposina. Inolvidable es el asombro que les produjo a los misioneros de Burgos la forma en que, durante el recorrido, saltaban los peces al ‘chivo’; después de unos minutos debían devolverlos al río, porque no tenían capacidad para conservarlos en hielo o salados.

Y así, en ese trabajo de investigación fuimos escuchando a los narradores natos de Loba y La Mojana. Episodios de su historia oculta u olvidada aparecían en forma coherente en medio de un desolador escenario habitado por hombres y mujeres desesperanzadas, generación tras generación, sin ocultar su resentimiento por el abandono del Estado y la forma bipartidista de manejar la cosa pública. En sus voces cansadas, pero fuertes, no cesaban de acusar a fulano del partido tal o a zutano del otro partido, de las desventuras de la Nación y la subregión en particular. Les escuchamos muchas preguntas sin respuestas sobre la recuperación del río Magdalena y los proyectos diseñados para La Mojana.


Orlando Fals Borda, sociólogo e investigador barranquillero que desarrolló múltiples estudios sobre el Caribe colombiano. 

Paralelo al trabajo de investigación, constatamos que todas las comunidades estudiadas mantenían vivas las expresiones culturales, el teatro, la danza, el mito, el cuento, la tambora y la gaita, entre otras. Esto aún se conserva y constituye el altísimo valor cultural de la cuenca; es lo que permite que la realidad de cada localidad se preserve y se enriquezca.

Esas expresiones culturales nos abrieron las puertas de una historia presente en el recuerdo los narradores natos, ancianos lúcidos, y fue así como a través de las representaciones teatrales callejeras fue posible reconstruir la fundación de algunas poblaciones y algunos episodios de la historia reciente y pasada. Fue en ese espacio vital donde los mitos se pudieron desenterrar, los cuentos y leyendas se volvieron a contar y la generación joven conoció las travesuras de tío tigre y tío conejo, las travesuras de las brujas malas; oyó hablar del manatí; el Mohan apareció en el río, no para asustar y poseer a las hembras casaderas, sino para mostrarse en su plenitud. Los niños, y nosotros, nos extasiábamos al oír hablar de la “guerra de la burrita” o de la “bonanza gasolinera”, y fue así como nos enteramos de tantas cosas olvidadas, no enseñadas. De esta manera fue posible que las niñas reconocieran sus juegos tradicionales y el valor de los mismos. Ahí estaban esos jóvenes escuchando la tambora y las historias sobre cómo se fueron transformando los pueblos. Inclusive se revelaron hechos como el robo de tierra por parte de terratenientes: con sellos y papeles falsos, y ahí estaba el canto narrando como un periódico hablado lo quehabía sucedido.

Cuando terminamos de oír las narraciones de los ancianos lúcidos de Loba y La Mojana, recordé a los cuenteros de los velorios de mi pueblo, pensé que, definitivamente, la fuerza de la tradición oral en el Caribe no tiene límites. Que en ella están aún contenidos cientos de historias, cuentos, canciones y leyendas que esperan ser descubiertos.


Mompox y loba, de Orlando Fals borda (historia doble de la costa, tomo i) el sociólogo expone una investigación sobre el caribe.


Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (edición conmemorativa). Las historias de esta obra del nobel retratan la costa caribe.